Yo creí saberlo todo sólo por conocer su nombre, desconociendo el mundo que escondía bajo sus lunares.
Ahora soy un cometa perdido en el universo de su espalda y sé que una vez caes al agujero de su ombligo, ya no hay salida.
No sé cuándo comenzó todo.
Quizás fue la primera vez que escuché su acento preguntándome si estaba guapa.
Quizás la primera vez que le estampé un adiós en los braquets.
Quizás cuando le enseñé poesía y me dio las gracias.
Quizás cuando me dijo que quería conocerte, Madrid.
Quizás fue en el momento en que le vi ejercer de hermano mayor con insultos cariñosos.
Quizás todo comenzó con el primer mensaje.
Quizás antes.
No tengo ni puta idea de cuándo comenzó todo.
Y no me importa.
Porque él antes de conocerme no le ponía fechas a nada.
Por eso se coló en mi vida sin avisar y me pilló de improviso.
Y yo creí saber todo de él sólo conociendo su nombre.
Qué ilusa.
Juré no romper mis esquemas por él.
Juré mantener mis principios.
Le odié con todas mis fuerzas por la hipocresía de creerse capaz de volverme loca.
Ahora
me vuelvo loca cada vez que se ríe.
Y verle sonreír es casi tan placentero como detestable es que esconda la sonrisa.
Me ha roto en mil pedazos y me ha rehecho como un puzzle que se une a base de caricias.
Despacio.
Suave.
Me ha acogido en su pecho
rescatándome de un agujero
en el que ni siquiera sabía que había caído.
Me ha tapado los ojos
para destapármelos del todo.
Me ha hecho cosquillas
para que soltase todo el aire que me sobraba
e inspirase de nuevo.
Me ha inspirado
después del vacío de inspiración típico de un poeta feliz
o apagado
o fuera de cobertura.
Me ha hecho daño
y me ha jurado que jamás le dolería mientras me decía con los ojos que para mí él era el más frágil de los azulejos.
Me ha tocado como sólo él me podía tocar.
Sin rozarme.
Y me ha llevado al éxtasis del para siempre
y sin permiso.
No tengo ni puta idea de cuándo
ni cómo
ni por qué empezó todo.
Pero ojalá
nunca tenga ni puta idea
de cuándo acabará.
Si te vas,
por favor,
haz ruido.
Grítame
en silencio.
Deja
la puerta abierta.
Y regálame un gemido
justo antes
de salir.
Como ya te dije,
corazón,
todo esto,
toda esta magia,
terremoto,
eclosión,
convulsión,
como quieras llamarlo;
esto
seguía latiendo
por ti.
Ahora que no estás se me hace pesado,
extraño,
inútil.
Quizás algún día me apetezca regalarle un orgasmo a este bombeo de sangre quemada que corre por las venas de Internet.
Quizás no.
Por el momento, pensé que este poema de bienvenida tan indirecta y evidente
quedaría bien como último recurso de despedida.
Ha acabado y,
joder,
soy incapaz de no recordar las fechas.
No te oigo.
No te oigo ni gritar ni gemir.
La puerta está cerrada
con llave
y la llave me la he tragado en un impulso nervioso de terror ante la idea de volver a hacerte daño.
No pienses que te estoy culpando.
Toda la culpa es mía.
Merezco un entierro indigno de insultos que van a parar al mar con complejo de mensaje en una botella.
Esta es mi declaración de desamor.
Cargada de todo el amor del mundo y una disculpa que jamás será suficiente.
Te quise.
Por casi me enamoré de tus manías.
Por descuido me volviste loca.
Y por imbécil te escribo esto;
hasta nunca, isla.
Gracias por ser refugio.
(...)
Nunca se me dio bien terminar de escribir
(te)
Te quiero. Vsgns.
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