Voy por fiebres y, tras la sequía, ha llegado una tormenta de literatura a mis dedos y no paro de escribir, y de actuar, y de vivir. Quería decíos que soy feliz. Porque me parece que vosotros sois los que más merecéis saberlo. Porque quiero daos envidia y al mismo tiempo robaros minutos para sacaros una sonrisa, de compasión o sincera, quién sabe. Ojalá haya pronto una lluvia de inspiración en estas hojas digitales. Gracias por motivarme. Por conseguir que siga aquí. Por estar ahí detrás y no moveros. Por preguntarme de vez en cuando dónde me meto y acordaros de mí (espero) más de lo que supongo y creo.
Gracias por dejarme escribir en plural cuando quiero hablarte. Gracias, aunque no me dejes, por estar ahí.
Disculpadme por el abandono y la pena, por la tragedia que hay en todo esto siempre. Será verdad eso de que la tristeza te abre el pecho y estruja tu corazón sobre el papel. Cuando somos felices no tenemos tiempo para escribir. Yo suelo empeñar mi tiempo en escribir de todas formas, pero escribo en mi cabeza, escribo cada paso que doy y lo guardo. Quizás, de vez en cuando, lo exprimo. Pero no suelo. Por desgracia y por tonta.
Gracias, de nuevo, aunque repita, por estar conmigo. Gracias mil veces, aunque suene pesado, porque nunca es suficiente. Gracias porque me dais una fuerza que nadie me da y no os dais cuenta. (DAOS CUENTA.) Gracias, gracias, y otra y mil veces, gracias.
(No puedo creer que todavía me tengais expuesta en vuestra biografía. GRACIAS, JODER. GRACIAS.)
Como diría Algeet, disculpad la emoción. Nunca supe tomarme la literatura como un entretenimiento.
Esperadme y no os vayáis. Sois como el agua en el mundo. Si no se va, el mundo sigue.
Egocéntricamente,
Jimena.
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